Iberbibliotecas
  Programa Iberoamericano de Bibliotecas Públicas, IBERBIBLIOTECAS | No. 1 - 2014  
     
 

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  La dimensión social de la biblioteca pública  
 

Carolina Maillard Mancilla
cmaillard@germina.cl

 
  Antropóloga social de la Universidad de Chile, miembro de Germina, conocimiento para la acción, con experiencia en la ejecución de estudios, principalmente de carácter cualitativo, implementación de procesos de calidad, gestión de políticas públicas en el ámbito cultural y patrimonial, enfoque de género, además del desarrollo de iniciativas orientadas a promover la participación comunitaria. Ha sido Coordinadora del Sistema de Gestión Participativa, Jefa de Recursos Humanos y jefa de Estudios de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, optimizando la gestión de los sistemas de planificación y control de la institución, enfoque de género y atención de usuarios, entre otros.  
     
   
 

Mi reflexión acerca de la dimensión social de la biblioteca pública está determinada por lo que ha sido mi propio desempeño profesional de los últimos años, desde el ejercicio antropológico y que ha estado puesto sobre todo desde el enfoque de la inclusión o, para ser más precisa, desde el enfoque de género. Sobre por qué, para qué y cómo incorporar a la gestión que realizan las bibliotecas públicas un enfoque inclusivo, donde todas las personas, independiente de su sexo, edad, religión, identidad de género y étnica, situación económica y laboral, se sientan convocadas, incluidas y participes del quehacer de la biblioteca.

Si hablamos de los fundamentos para considerar el enfoque inclusivo en el quehacer de las bibliotecas públicas, es necesario mencionar la declaración universal de los derechos humanos, donde uno de ellos nos señala que “toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”.

En específico, podemos encontrar su correlato respecto a las bibliotecas pública, en las Directrices IFLA/UNESCO para el desarrollo del servicio de bibliotecas públicas, de abril 2001, cuando se señala que ésta “brinda acceso al conocimiento, la información y las obras de la imaginación gracias a toda una serie de recursos y servicios y está a disposición de todos los miembros de la comunidad por igual, sean cuales fueren su raza, nacionalidad, edad, sexo, religión, idioma, discapacidad, condición económica y laboral y nivel de instrucción”.

Así también, las bibliotecas deben facilitar recursos informativos y prestar servicios mediante diversos medios con el fin de cubrir las necesidades de personas y grupos en materia de instrucción, información y perfeccionamiento personal. Asimismo, son fundamentales para el progreso y el mantenimiento de una sociedad democrática al ofrecer a cada persona acceso a toda una serie de conocimientos, ideas y opiniones, que le permiten participar e incidir en el ámbito de lo público.
 
Desde esta perspectiva, el principio que orienta el quehacer de las bibliotecas está dado por la democratización del acceso a los bienes y servicios culturales que ofrece, considerando y respondiendo a la diversidad de necesidades e intereses presentes en su entorno. Como indica IFLA/UNESCO “los servicios han de ser accesibles a todos los miembros de la comunidad, lo que supone edificios bien situados, buenas salas de lectura y estudio, tecnologías adecuadas y un horario suficiente y apropiado. Supone asimismo servicios de extensión para quienes no pueden acudir a la biblioteca” (Manifiesto IFLA/UNESCO a favor de las Bibliotecas Públicas, 1994).

En este sentido, la biblioteca se constituye en un importante actor social para la profundización de la democracia al brindar acceso sin restricciones a ninguna persona o grupo de la población, así como también al convertirse en lugares de encuentros, donde distintos grupos presentes en la comunidad pueden interactuar, relacionarse e incluso hacerse parte de la organización de acciones en conjunto con la biblioteca. Así la biblioteca pública se asemeja a la plaza pública, donde se intercambian conocimientos, información, entretención y planteamientos de la diversidad social presentes en la comunidad. 

Entonces, la biblioteca pública es un servicio que se encuentra inmerso en una comunidad y que intenta atender sus necesidades. Asumir, la diversidad social y cultural de esa comunidad implica, de este modo, conocer las necesidades e intereses diferenciados de dicha diversidad, las que desde la biblioteca pública y sus variados servicios pueden ser atendidas. También implica asumir que no basta levantar una biblioteca, abrirla y esperar que “venga” la ciudadanía, sino más bien realizar un trabajo conjunto con esas comunidades con el fin de que sea realmente un lugar pertinente y eficaz a las necesidades e intereses, entendiendo que los servicios que prestan las bibliotecas no son en sí mismos los que importan sino más bien el uso que de éstos hacen los y las usuarias.

Conocer a las comunidades circundantes a la biblioteca requiere hacerse una serie de preguntas, que pueden ser respondidas tanto a través de instrumentos como por la misma experiencia y conocimiento que tiene el personal encargado de ésta: ¿quiénes acuden a la biblioteca y quiénes no?, ¿por qué no acuden?, ¿cuáles son los servicios más requeridos?, ¿qué tipo de necesidades se satisfacen regularmente en ella?, ¿hay diferencias en los usos que hacen hombres y mujeres de la biblioteca?, ¿en qué se traducen esas diferencias?, ¿quiénes solicitan más títulos?

De acuerdo a la experiencia de Chile, las bibliotecas públicas fueron una punta de lanza para una sociedad que recién estaba recuperando la democracia. En Chile, a comienzos de los 90 existían bibliotecas públicas en casi todos los municipios del país, pero temas como la inclusión, la participación ciudadana, el enfoque de género, no estaban presentes, más bien actuaban casi exclusivamente como espacio escolar. Yo me atrevería a decir que una de las primeras instituciones que abordó sistemáticamente la inclusión fue la biblioteca pública. Fue una experiencia, aunque limitada, que permitió ir abriendo espacios y miradas en otros sectores, en particular porque cuando existe una red de bibliotecas que actúan bajo una lógica de política pública y que están diseminadas en toda la sociedad, las nuevas experiencias pueden ir transfiriéndose.

Asimismo, desde hace más de una década que las bibliotecas públicas chilenas han venido incorporando en su gestión el enfoque de género. Incorporar una mirada de inclusión en la gestión de las bibliotecas posibilita proveer servicios acordes a las necesidades, demandas e intereses diferenciados de hombres y mujeres, sobre todo de aquellos pertenecientes a los grupos más vulnerables o postergados de nuestras sociedades. Esta mirada nos obliga a preguntarnos constantemente por ejemplo ¿hombres y mujeres usan de la misma manera la biblioteca? ¿Asisten en los mismos horarios? ¿Sus intereses de lectura son diversos u homogéneos? ¿Respondemos a las expectativas o necesidades de los hombres y mujeres indígenas? ¿Qué requieren las personas con capacidades diferentes para acceder a los servicios de la biblioteca? ¿Cómo llegamos a los sectores más alejados y pobres con los bienes y servicios de la biblioteca?

Particularmente, incorporar el enfoque de género en la gestión de bibliotecas tiene dos objetivos principales: primero, y respondiendo a los compromisos internacionales respecto a terminar con la discriminación y fomentar la equidad de género, se busca aportar a la transformación de las condiciones en las que se ha construido y vivido el ser hombre y ser mujer en nuestras sociedades y cómo esas condiciones han invisibilizado, muchas veces, el aporte de hombres y mujeres a la cultura y el patrimonio. Segundo, se busca mejorar los servicios que las bibliotecas entregan, siendo más pertinentes a las necesidades e intereses de las comunidades donde se insertan y de las poblaciones que en ellas viven, generando condiciones para un acceso equitativo a los bienes culturales y su producción.

De este modo, el enfoque de género o inclusivo en bibliotecas permite, por ejemplo, conocer las experiencias lectoras de hombres y mujeres y responder a sus necesidades particulares de lectura. Considerando que las prácticas y preferencias literarias se articulan de múltiples maneras con las identidades y diferencias de género y conocerlas promueve la labor de fomento lector que en ellas se realiza. Asimismo, implementar y disponer de colecciones bibliográficas con perspectiva de género contribuye a promover transformaciones sociales que impactan en los roles y en las representaciones de lo masculino y lo femenino.

En definitiva, es relevante incorporar el enfoque de género en las bibliotecas públicas, porque nos permite abordar de manera sistemática una de las inequidades más importantes y brutales que persisten en nuestras sociedades.

Pero es más importante aún, por cuanto, a partir de este blanco y negro que nos plantea el enfoque de género, que son las desigualdades entre hombre y mujer, es posible comprender otras desigualdades mucho más sutiles, pero no por ello menos brutales, que permean nuestras sociedades: las sociales, las de acceso a los bienes, las de ingreso, disfrazadas todas ellas en las lógicas de mercado.

 
     
  El artículo se publicó originalmente ​ en el número 92 (enero-marzo de 2014)​​ de la revista El ​Bibliotecario​,​ una publicación de la Dirección General de Bibliotecas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes ​ (CONACULTA)​. ​S​e reproduce en ​esta edición con la autorización de la autora y ​ de​ CONACULTA ​".